Decálogo de la Pastoral Juvenil
1. Los tiempos son recios y complejos; las cifras y los datos estadísticos, minoritarios y hasta escuálidos. Pero no por ello podemos caer en la desesperanza, en el derrotismo, en el lamento, en el catastrofismo o en la nostalgia. No es verdad que «todo tiempo pasado fue mejor».
2. Es preciso aceptar a los jóvenes como lo que son: jóvenes. Todos hemos sido jóvenes. No podemos pretender tener jóvenes «viejos», jóvenes prematuramente adultos.
3. Debemos esforzarnos por conocer y asumir su lenguaje, su cultura, sus modos y modas. Son hijos de su tiempo y de su generación.
4. Debemos descubrir, desenmascarar y denunciar que son los adultos quienes traman y quienes se benefician de lo que podríamos denominar los vicios, pecados y lacras de los jóvenes y sus tupidas y, a la vez, impúdicas redes de intereses espurios.
5. Las autoridades deben contribuir de manera efectiva, con la legislación y las medidas pertinentes y oportunas, a que los jóvenes no sean pasto fácil e indefenso de consumismo, del hedonismo, del alcoholismo o de la drogadicción.
6. La familia, las comunidades parroquiales, los centros educativos y la opinión pública deben comprometerse a formar a los jóvenes en los valores esenciales de la vida. El mejor camino para ello es el testimonio de la propia vida, predicando con el ejemplo.
7. La Iglesia debe invertir tiempo, personas y efectivos en la preparación de agentes de pastoral juvenil. Debe asimismo fomentar ámbitos propios de formación y de vida cristiana para los jóvenes. Debe ser incisiva, creativa, constante y perseverante en sus ofertas concretas y adecuadas de pastoral juvenil.
8. Es preciso mostrar a los jóvenes la verdad del Evangelio y la misión de la Iglesia tales como son. Sin rebajas, sin edulcorantes, sin engaños. Como Jesús hizo con el joven rico. Como Ignacio de Loyola interpelaba a Francisco de Javier.
9. Es preciso acercarse a los jóvenes, hacerse presentes en medio de ellos. Acompañarlos, conocerlos, escucharlos.
10. Y, por último, abundamos que es necesario sembrar, orar, esperar y, sobre todo, amar. Y todo ello, a tiempo y a destiempo. Con toda la paciencia y con todo el cariño del mundo. Y siempre en el nombre del Señor.