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Formación de los laicos

Los obispos de la CEAS, como conse­cuencia de nuestra participación en las reuniones de responsables de movimien­tos apostólicos o en los encuentros de delegados diocesanos de apostolado se­glar, percibimos con gozo que son mu­chos los cristianos que han descubierto la necesidad de profundizar en su formación cristiana integral para vivir de forma cons­ciente y responsable su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo, para dar ra­zón de la propia esperanza a quien se la pidiere y para unificar fe y vida, pertenen­cia a la Iglesia y presencia en el mundo. Vemos que cada día existe una convicción más generalizada de que es necesario asumir un proyecto formativo, que abar­que los aspectos espirituales, celebrativos, doctrinales, pastorales y humanos. Sólo así será posible integrar todas las faculta­des de la persona: mente, corazón, senti­mientos y testimonio. No es suficiente co­nocer las verdades de la fe, es necesario que esas verdades pasen de la cabeza al corazón de cada bautizado y transformen sus sentimientos según los sentimientos de Cristo. De este modo, cada cristiano podrá llegar a pensar, sentir, hablar y ac­tuar de acuerdo con su dignidad de hijo de Dios, tanto en las relaciones con los hermanos como en las distintas activida­des sociales.

 

Pero, siendo realistas, también debemos reconocer que existen muchos bautizados que, debido al descuido y olvido de su for­mación cristiana, desconocen totalmente a Dios. El ejercicio de nuestra misión pasto­ral en la diócesis y el contacto directo con la vida parroquial nos permite constatar que bastantes cristianos viven de una fe heredada, pero no personalizada. Se han conformado con las enseñanzas recibidas de sus padres en el hogar familiar o en los primeros años de catequesis, pero no se han planteado concretamente lo que sig­nifica creer y seguir a Jesucristo. En otros casos, vemos que algunos miembros de nuestras comunidades cristianas, bien dis­puestos para asumir responsabilidades pastorales, manifiestan sin embargo en sus comportamientos una profunda rup­tura entre la fe y la vida, y no sienten la ne­cesidad de formarse para cumplir con más fidelidad la misión confiada por el Señor. Estos cristianos no son conscientes de que el seguimiento de Jesucristo y el compro­miso cristiano en la 1glesia y en el mundo exige una actitud de búsqueda constante, de renovación espiritual y de crecimiento en la formación.

 

Al constatar estas carencias en la vida religiosa de tantos hermanos, nos preo­cupa que ellos no vivan con gozo su filia­ción divina ni experimenten la cercanía, el amor, el perdón y la misericordia infinita del Padre, que Cristo nos ha revelado y manifestado. Muchos tampoco descubren la alegría de pertenecer a una comunidad cristiana ni sienten la necesidad de partici­par en sus celebraciones. Por supuesto, es motivo de inquietud para nosotros que bastantes bautizados no hayan descu­bierto y asumido con gozo la misión evangelizadora y misionera confiada por el Señor a sus discípulos. Si sólo conocen a Jesucristo de oídas o de modo superfi­cial, es imposible que puedan ser luz del mundo y testigos de su salvación. El abandono de la formación cristiana por parte de muchos bautizados los ha con­ducido a tener una visión totalmente de­formada del cristianismo y de la Iglesia, puesto que sus criterios y juicios sobre estas realidades ya no parten del Evange­Iio ni de las enseñanzas de la Iglesia, sino de las opiniones de los demás, de los cri­terios sociales y de las presentaciones parciales, sesgadas y distorsionadas que, en bastantes casos, hacen de la Iglesia al­gunos medios de comunicación.

 

Las causas de esta realidad, de este de­sinterés por la formación cristiana, son variadas. Aunque no es el momento de hacer un análisis detallado de las mismas, sí podemos señalar que, además de la ruptura de la cadena en la transmisión de la fe en el seno de la familia y de los su­cesivos procesos de secularización que está padeciendo la sociedad española, desde la Iglesia tal vez no hemos prestado la suficiente atención y dedicación a la formación de los adultos bautizados. Pen­sábamos que, al mantener unas prácticas religiosas, todos estaban suficientemente formados, y nos hemos equivocado. Por otra parte, ha existido una preocupación por la transmisión de contenidos doctri­nales, que son necesarios, pero hemos dejado en un segundo plano los aspectos espirituales en la formación. En ocasiones, tal vez no hemos tenido suficientemente presente que el cristiano, ante todo, es un seguidor de Jesucristo. En definitiva, no hemos sabido o no hemos podido ser instrumentos para la conversión mediante las propuestas de la formación cristiana.

 

Pero, no es el momento para las lamen­taciones, pues la presencia del Señor resu­citado en medio de su Iglesia y la constan­te acción del Espíritu nos invitan a poner los ojos en el futuro, a remar mar adentro y a trabajar con esperanza. Por todo ello, debemos comenzar dando gracias a Dios por los grandes esfuerzos e iniciativas que se han llevado a cabo en todas las dióce­sis españolas, durante los últimos años, para hacer posible la formación de un lai­cado adulto en la fe y consciente de su vo­cación. Tal vez, en algunos casos, esta for­mación aún no ha dado los frutos espera­dos y apetecidos. Al mismo tiempo que damos gracias a Dios, deberíamos hacer un esfuerzo por revisar los procesos de formación cristiana que estamos llevando a cabo en estos momentos con la mejor voluntad, pero tal vez sin el necesario dis­cernimiento. En ocasiones, se ha formado a los miembros de nuestras comunidades para impartir catequesis, para la prepara­ción de las celebraciones litúrgicas, para impulsar la actividad caritativa y social, pero no se ha formado para hacer cristia­nos adultos en la fe, enamorados de Jesu­cristo y de su Iglesia y convencidos de la dimensión secular de la vocación laical. De este modo se ha dado prioridad al «hacer sobre el «ser» y se han formado personas que saben realizar actividades en el ámbito de la comunidad cristiana, pero que no tienen sólidamente afirmadas las convic­ciones y las motivaciones cristianas por las que deben realizar todas esas actividades.

 

Teniendo esto en cuenta, y escuchando la voz de Dios desde la realidad descrita, estaremos de acuerdo en que es muy ur­gente emprender una formación cristiana integral de los miembros de nuestras co­munidades y de los alejados de la Iglesia, para que descubran su vocación, reaviven su pertenencia a la comunidad cristiana y se conviertan en evangelizadores. En este sentido, deberíamos tener muy presentes las indicaciones que nos hacía el Papa Juan Pablo II: «La formación de los fieles laicos se ha de colocar entre las priorida­des de la diócesis y se ha de incluir en los programas de acción pastoral, de modo que todos los esfuerzos de la comunidad (sacerdotes, religiosos y laicos) concurran a este fin» (ChL 57).

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