Laicos Amigonianos Weblog

Presenta los Laicos Amigonianos

Postura ante el divorcio y el aborto

Discurso de Benedicto XVI a los participantes en el Congreso Internacional del Pontificio Instituto Juan Pablo II del Matrimonio y la Familia (5-4-2008)

 

En un contexto cultural marcado por un individualis­mo creciente, por el hedonis­mo y también, con demasia­da frecuencia, por la falta de solidaridad y de un apoyo social adecuado, la libertad humana, ante las dificultades de la vida, se ve impulsada, debido a su fragilidad, a to­mar decisiones frontalmente opuestas a la indisolubilidad del pacto conyugal o al res­peto debido a la vida huma­na recién concebida y aún custodiada en el vientre ma­terno. Divorcio y aborto son opciones de carácter cierta­mente diferente, tomadas a veces en circunstancias difíci­les y dramáticas, que en mu­chos casos acarrean traumas y que son fuente de hondos sufrimientos para quienes las adoptan. También afectan a víctimas inocentes: al niño recién concebido y no naci­do aún, a los hijos aquejados por la ruptura de los vínculos familiares. En todos dejan heridas que marcan irreme­diablemente la vida. El juicio ético de la Iglesia en relación con el divorcio y con el abor­to procurado es patente y de todos conocido: se trata de culpas graves que, en dife­rente medida y con salvedad de las responsabilidades subjetivas, conculcan la dig­nidad del ser humano, impli­can una profunda injusticia en las relaciones humanas y sociales y ofenden al propio Dios, garante del pacto con­yugal y autor de la vida. Sin embargo, la Iglesia, siguien­do el ejemplo de su Divino Maestro, muestra siempre consideración por las perso­nas concretas, especialmente por las más débiles e inocen­tes, víctimas de injusticias y pecados, pero también por aquellos otros hombres y mujeres que, por haber reali­zado semejantes actos, han incurrido en culpa y están in­teriormente heridos, buscan­do la paz y la posibilidad de una recuperación.

 

La Iglesia tiene el deber prioritario de acercarse a esas personas con amor y delicadeza, con cariño y atención maternal, para anunciarles la cercanía mise­ricordiosa de Dios en Jesu­cristo. El es, en efecto y como enseñan los Padres, el autén­tico Buen Samaritano que se ha hecho prójimo nuestro, que derrama aceite y vino sobre nuestras heridas y que nos lleva a la posada -la Iglesia-, en la que encarga que nos cuiden encomen­dándonos a sus ministros y pagando personalmente y por adelantado nuestra cu­ración. Sí: el Evangelio del amor y de la vida siempre es también Evangelio de la mi­sericordia que se dirige al hombre concreto y pecador como nosotros para levan­tarlo ante cualquier caída y curarlo de toda herida. Mi querido antecesor el siervo de Dios Juan Pablo II, del que acabamos de celebrar el tercer aniversario de su muerte, dijo en la inaugura­ ción del nuevo santuario de la Divina Misericordia de Cracovia: «Sólo existe para el hombre una fuente de espe­ranza: la misericordia de Dios» (17-8-02: ECCLESIA 3.115-16 [2002/11], pág. 1258).

 

Partiendo de esta misericor­dia, la Iglesia cultiva una con­fianza indefectible en el hombre y en su capacidad de rectificar. Sabe que, con el auxilio de la gracia, la libertad humana está capacitada para entregarse de manera defini­tiva y fiel, lo que hace posible el matrimonio de un hombre y de una mujer como pacto indisoluble; sabe que la liber­tad humana, incluso en las circunstancias más difíciles, es capaz de gestos extraordi­narios de sacrificio y de soli­daridad para acoger la vida de un nuevo ser humano. Así resulta evidente que las negaciones que la Iglesia pronuncia en sus indicacio­nes morales, y que centran en ocasiones de forma unila­teral la atención de la o i­nión pública, son en realidad grandes afirmaciones de la dignidad del ser humano, de su vida y de su capacidad de amar. Son expresión de la confianza constante de que, pese a sus debilidades, los seres humanos están capaci­tados para responder a la al­tísima vocación para la que han sido creados: la de amar.

 

En aquella misma ocasión, dijo también Juan Pablo II: «Es necesario transmitir al mundo este fuego de la mi­sericordia. ¡En la misericordia de Dios el mundo encontra­rá la paz!» (ibíd., pág. 1260). Se inserta aquí la gran mi­sión de los discípulos del Se­ñor Jesús, compañeros de camino de tantos hermanos, hombres y mujeres de buena voluntad. Su programa -el programa del Buen Samari­tano- es «un corazón que ve. Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia» (Deus caritas est, n. 31: ECCLESIA 3.295 [2006/1], pág. 158). Durante estos días de reflexión y diá­logo os habéis inclinado so­bre las víctimas de las heri­das del divorcio y del aborto. Ante todo, habéis compro­bado los sufrimientos -en ocasiones traumáticos- que afectan a los denominados «hijos del divorcio», marcan­do sus vidas hasta el punto de hacer mucho más difícil su camino. Y es que resulta inevitable que, al romperse el pacto conyugal, quienes más sufran sean los hijos, que son la viva señal de su indi­solubilidad. La atención soli­daria y pastoral deberá ir en­caminada, por lo tanto, a po­sibilitar que los hijos no sean víctimas inocentes de conflic­tos entre los padres que se divorcian; a que quede ase­gurada, en la medida de lo posible, la continuidad de su vinculación con los padres e incluso la de esa relación con los propios orígenes familia­res y sociales que resulta in­dispensable con vistas a un crecimiento equilibrado bajo el perfil psicológico y huma­no.

 

También habéis prestado atención al drama del aborto procurado, que deja señales profundas -imborrables a veces- en la mujer que lo re­aliza y en las personas que la rodean, y que produce con­secuencias devastadoras en la familia y en la sociedad, también por la mentalidad materialista de desprecio de la vida que fomenta. ¡Cuán­tas complicidades egoístas están a menudo en el origen de una decisión atormentada que muchas mujeres han te­nido que afrontar en soledad y que les ha dejado en el áni­mo una herida aún por cica­trizar! Aunque lo cometido no deja de constituir una in­justicia grave y es en sí mis­mo irremediable, hago mía la exhortación que la encíclica Evangelium vltt dirige a las mujeres que han recurrido al aborto: «No os dejéis vencer por el desánimo y no aban­donéis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurri­do e interpretadlo en su ver­dad. Si aún no lo habéis he­cho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacra­mento de la Reconciliación. Os daréis cuenta de que nada está perdido y podréis pedir perdón también a vuestro hijo que ahora vive en el Señor» (n. 99: ECCLESIA 2.731-32 [1995/1], pág. 546).

 

Expreso mi profundo aprecio por todas las iniciati­vas sociales y pastorales en­caminadas a la reconciliación de las personas que sufren por el drama del aborto y del divorcio y al cuidado de las mismas. Junto con muchas otras formas de compromi­so, son elementos esenciales para la construcción de esa civilización del amor que la humanidad hoy más que nunca necesita.

 

Al tiempo que imploro del Señor Dios misericordioso que os identifique cada vez más con Cristo, el Buen Sa­maritano, para que su Espíri­tu os enseñe a mirar con nuevos ojos la realidad de los hermanos dolientes, os ayude a pensar con nuevos criterios y os impulse a ac­tuar con generoso impulso teniendo como perspectiva una civilización auténtica del amor y de la vida, a todos os imparto una especial bendi­ción apostólica.

Escribe un comentario

XHTML: Puedes usar estas etiquetas: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <pre> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>